La Enfermedad de Midgard
El Padre de Todos observa la fragilidad invisible del mundo mortal
Midgard prosperaba. Ciudades se alzaban como láminas de cristal: las luces nunca se apagaban, los mercados nunca dormían. Los mortales creían haber dominado el valor. Lo medían en números; lo guardaban en registros. Lo multiplicaban sin tocar la tierra, sin tocar el metal, sin tocar el tiempo. Lo llamaban riqueza.
Odin observaba desde su trono; no veía prosperidad, veía fragilidad. Pues aquello que crece sin raíz cae al primer viento: los hombres habían creado monedas que no nacían del trabajo, ni de la tierra, ni del fuego. Nacían de decretos; nacían de confianza; nacían de acuerdos entre aquellos que controlaban la palabra.
Huginn habló: "Creen que sus guardianes son eternos." Muninn respondió: "Han olvidado que todos los guardianes caen." Odin permaneció en silencio. Pues ya había visto este ciclo. Imperios que parecían invencibles. Monedas que parecían eternas. Sistemas que parecían absolutos. Todos se derrumbaron. Siempre.
Pero esta vez… Midgard se había conectado por completo. Un fallo en un rincón del mundo resonaría en todos los demás. Una caída arrastraría todas las caídas. El colapso, cuando llegara, no sería local. Sería total.
Los mortales habían creado algo demasiado grande para confiarlo a ellos mismos, y solo algo que no dependiera de ellos podría salvarlos de sí mismos. La runa vista en el árbol no era curiosidad: era la respuesta. Midgard había enfermado, y su enfermedad era invisible; estaba en la propia idea de valor.